La cabeza en bandeja - Cristiane Cardoso - Español | Cristiane Cardoso - Español

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Al meditar en los meandros de la muerte de Juan el Bautista, en un primer momento, parece difícil entender cómo el mayor de los profetas tuvo su cabeza servida en un plato sólo para satisfacer la lujuria de un rey enfermo, ¿no es así?

Juan fue un siervo fiel, que cumplió cabalmente la misión que Dios le había asignado: ser precursor de Su Hijo. Ante eso, parece injusto haber tenido un fin así.

Observa que el mismo día que Herodes realizaba un banquete para conmemorar su cumpleaños, Juan vivía sus últimos momentos de vida. Su decapitación sucedería muy pronto para satisfacer los deseos malignos de una mujer contrariada con la Verdad que oyó del profeta.

El gran contraste entre los dos, no sucedió sólo este día, sino durante toda la vida. Juan era valiente, temeroso y fiel a Dios, mientras Herodes era cobarde, irreverente y corrupto. Pero la disparidad de conducta y de espiritualidad entre los dos no se evidenciaba en justicia visible, porque vemos al perverso Herodes reinar con pompa, con ricos trajes, mientras el siervo de Dios vivía en el desierto, con vestimenta sencilla hasta perder su libertad y ser llevado como prisionero a la cárcel.

Muchas preguntas rondan también la mente de personas que viven la fe, pues a veces miran a los justos presos a los dolores de la injusticia, mientras que personas infieles gozan de bienestar y aparente felicidad.

Sin embargo, ésta desfavorable diferencia en el campo exterior es completamente eliminada cuando analizamos siempre el contexto espiritual de los hechos.

Pienso que así como Juan Bautista perdió literalmente su cabeza porque su mensaje incomodaba, los siervos genuinamente fieles sufren las luchas de este mundo justamente porque su fidelidad causa rabia e incomodidad en los hijos de las tinieblas. Habrá siempre quien se beneficie con la Palabra que el siervo de Dios anuncia, pero también habrá muchos que desearán callarlo a toda costa a causa de la envidia que sienten de él. Por eso, la cabeza de los que sirven a Dios sigue siendo el premio todos los días.

En muchas situaciones, Dios va a librarlo, pero en otras, Él va a permitir el sufrimiento. Esto sucede porque el Señor tiene lecciones que enseñar y honra mayor a conceder a Sus hijos.

El Altísimo tiene designios que todavía son misteriosos para nosotros. Entonces, en vez de inquietarnos con los porqués, debemos creer que, en los secretos que Dios aún no nos ha revelado, hay tesoros y riquezas espirituales reservados para nosotros.

Por lo tanto, nada de temer las incomprensiones y las injusticias de este mundo. Por detrás del dolor que provocan hay una gloria indecible que ningún hombre puede dar.

Entonces, si hoy usted se encuentra atrapado en la fortaleza de algún disoluto Herodes, ¡no tema! Jamás ceda a los soplos del diablo diciendo que el Señor se ha olvidado de usted. También no quede decepcionado con los falsos amigos y, mucho menos, permita que la incredulidad robe sus fuerzas.

Aprendí, a lo largo de mi caminata con Dios, que cuando parece que estamos solos, despreciados o abandonados por todos, en realidad estamos guardados y seguros en los Brazos más tiernos y poderosos del Universo. Y podemos todavía descansar, creyendo que, lo mejor de servir a Dios viene siempre al final de la jornada, por eso necesitamos llegar allí.

 

Colaboró: Núbia Siqueira

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