No elegimos venir al mundo, pero tenemos el derecho de elegir dónde vivir la eternidad.

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¿Dónde fue que usted comenzó a caer?

No fue el día en el que cayó en adulterio, ni cuando notó que ya no meditaba en la Palabra de Dios. Esas y otras situaciones son síntomas de un espíritu que ya se debilitó hace mucho tiempo.

Analicemos cómo fue la primera caída en la humanidad.

Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?
Génesis 3:1

Aquí fue el inicio del pecado en la Tierra, vea cuán sutil fue.

Satanás usó inmediatamente al animal más astuto que Dios había creado. Aquí va la primera lección: ¡cuidado con los astutos! Son presas fáciles para que sean usados por el mal, pues esa habilidad tiene la tendencia de sacar provecho de los demás con facilidad. No me enorgullezco ni un poco cuando oigo decir que el brasileño es astuto… esa es una de las razones por las que Brasil sufre a causa de tanta corrupción.

El próximo paso para el diablo era lograr llevar al hombre a distanciarse de Dios, solo que Adán no le daba oídos por nada y solo le daba oídos a la más nueva integrante de aquel jardín, Eva. Entonces, solo era necesario conseguir la atención de ella y después usarla para llegar a Adán. Solo era necesario conseguir que ella le diera oídos a la serpiente y – ¡listo! – el plan funcionaría.

Y Eva le dio oídos a la serpiente. Después solo bastó que Adán le diera oídos a Eva. Fíjese en el factor en común: Eva le dio oídos a la serpiente. Adán le dio oídos a Eva. Y nosotros pagamos por eso hasta hoy.

Usted comenzó a caer el día en que le dio oídos a alguien o a un pensamiento aparentemente inofensivo que vino a su mente…

Dios entiende…
Nadie es perfecto…
¿Cuál es el problema?…
Tengo fe para eso…
Mi conciencia no me condena…
Todo el mundo peca…
Solo hoy…
Solo un poquito…
Solo para probar…
No me voy a dejar llevar…
Siempre soñé con eso…
Yo puedo, a fin de cuentas, ¡mira cómo ya sacrifiqué en la vida!…
La carne es débil…
Yo lo merezco…

Muchas veces, ya vinieron a mi mente pensamientos como estos. Recuerdo cuando, recientemente, llegué de un viaje y estaba exhausta con todo el ajetreo para ocuparme de lo que se había atrasado en los días en los que había estado afuera. Me acosté en la cama, a la tardecita, y el cansancio mental era tanto que ni siquiera logré descansar bien. Enseguida, la alarma sonó y era hora de prepararme para la reunión de la noche de miércoles.

Fue entonces cuando vino el pensamiento:
“Ya has trabajado tanto que ni logras levantarte de esta cama, descansa, hazlo… así estarás más dispuesta para darle continuidad a la semana… inclusive, si hablas con tu marido, ¡seguro va a entenderte y hasta va a insistir para que descanses! Puedes aprovechar y ver la novela de JESÚS, va a ser como si estuvieses en la reunión…”

¡Me levanté inmediatamente de la cama y todo ese cansancio inmediatamente se fue! Por increíble que parezca, ¡fue inmediato! Mi cuerpo reaccionó cuando reaccioné ante aquellos pensamientos. Fui a la reunión, ¡y fue una delicia de reunión! ¡Salí bendecida y renovada! ¿Y si no hubiese ido? Dejaría de ir más veces, debido al mismo argumento: el cansancio.

Es así como mucha gente dejó de ir los miércoles a la iglesia. Es tarde, después de un día lleno de trabajo, está el tránsito, el frío, la lluvia, las cosas que no logró terminar en el trabajo, las cosas que aún tiene que hacer en la casa, la novela… tantas “razones” que llega a tener sentido no ir más. A fin de cuentas, Dios está en todos los lugares y usted no necesita estar en la iglesia para buscarlo.

¿Ya se fijó cómo está su vida espiritual delante de todas esas “razones plausibles” para no ir más a las reuniones de miércoles? Si le preguntara qué fue lo que Dios ha hablado con usted últimamente, ¿qué diría? ¿Qué oyó en la reunión la última vez que fue? ¿Qué leyó en el blog estos días? Usted está mal, está cayendo… si no reacciona rápidamente, un día estará tan mal que no tendrá más fuerzas para reaccionar.

En la fe.

Cristiane Cardoso
Colaboró: Cristiane Cardoso

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