No elegimos venir al mundo, pero tenemos el derecho de elegir dónde vivir la eternidad.

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Después de haber pasado por más de 10 prisiones en Corea del Norte, Hea Woo (nombre ficticio) es una de las pocas personas cristianas que lograron escapar del país después de sobrevivir a una sentencia impuesta.

La Institución Open Doors, que acompaña la situación de los cristianos perseguidos, clasifica a Corea del Norte como el peor país del mundo para que alguien sea cristiano. Las informaciones son de la página de Internet Christian Today, una empresa de noticias cristiana con sede en Londres, Reino Unido. El texto es de Harry Farley.

Woo contó su historia en el restaurante de un hotel en Londres, lugar mucho más seguro y cómodo que las prisiones por donde pasó. Ella fue una de las 200 mil personas mantenidas en campos de trabajo esparcidos por el territorio norcoreano, donde prevalecen un régimen secreto y la falta de transparencia.

La causa de su prisión fue la tentativa de fuga hacia China, actitud que Pyongyang considera ilegal. Pasó por las prisiones, que parecían interminables, en condiciones que ella describe como un “infierno vivo”.

Muchos otros prisioneros, de los pocos que son liberados, quedan muy traumatizados para hablar sobre el tema. El marido de Woo murió en un campo de trabajo después de caer prisionero por su fe cristiana. Woo habla sobre el sufrimiento por el cual pasó:

– Cuando las personas morían, los guardias solo rompían los cadáveres en dos pedazos, los ponían en un carrito y los llevaban afuera.

Pero también los prisioneros tenían que hacer el trabajo.

– De vez en cuando necesitábamos llevar los cuerpos hacia afuera de los campamentos para cremarlos. Pero el crematorio era tan pequeño y había tantos cadáveres que tuvimos que cortar los cadáveres en pequeños pedazos con un hacha.

Ella no lograba librarse de las escenas, ni en el recuerdo ni de forma concreta.

– Después de la cremación, las cenizas eran esparcidas por los campos, pero muchas veces eran llevadas por el viento. Entonces los internos tenían que andar sobre las cenizas. Yo pensé: “Un día los prisioneros pasarán sobre mí”.

No es que la vida antes de la prisión fuera fácil. Al contrario. En un país que persigue a cristianos y que mantiene a la población en la pobreza, Woo ya sufría de desnutrición cuando llegó a la prisión. Y compartió una celda, proyectada para 50 presos, con otros 200.

– Estábamos tan apretados que, si uno se levantaba en medio de la noche para ir al baño, no lograba encontrar espacio para volver a dormir. No había ni siquiera un espacio para estar de pie.

Faltaban mínimas condiciones de higiene en esos lugares.

– En un rincón de la celda había un baño, pero para evitar que los prisioneros se escaparan no había ventanas en el baño – solo un agujero en el piso. Entonces, fue realmente repugnante y el olor era tan horrible. Las personas sufrían dolores de cabeza a causa del olor y muchas veces nos enfermábamos. También había muchas ratas en los baños.

Según Open Doors, que funciona como una institución de caridad, tal persecución es una política de gobierno.

– La persecución es liderada por el Estado, que ve a los cristianos como elementos hostiles que necesitan ser erradicados.

Woo se convirtió al cristianismo antes de ser apresada. Ella cuenta que esa iniciativa la ayudó a enfrentar tamaño sufrimiento.

– En aquella situación horrible, Dios también estaba allí. Comencé a orar por las almas perdidas que están muriendo sin conocer a Jesucristo. Oré al Señor diciendo: “Yo quiero ser sal y luz en este lugar para estas pobres almas”.

Ella fue sorprendida hablando sobre su fe en cuatro ocasiones diferentes y torturada cada vez. En una ocasión particularmente brutal, cuenta que fue torturada durante tres días seguidos.

– No tenía miedo por la tortura, sino que tenía miedo de perder la consciencia y que, en mi inconsciencia, pudiera negar el Nombre de Jesús. Eso era lo que me daba miedo.

No obstante, logró mantenerse firme, incluso desmayándose.

– Pero en el cuarto día me desmayé y sentí que no aguantaba más. Entonces, nuevamente, clamé al Señor y recordé el versículo de Jeremías 33:3: “Clama a Mí, y Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.”

Su relato prosigue:

– Entonces pude soportar todos los sufrimientos de aquel momento. Fui llevada de vuelta a mi celda y oí la voz realmente alta y audible del Señor. Decía: “Mi amada hija, caminaste sobre el agua hoy”. Era una voz audible fuerte, pero nadie más la oyó.

Ella cuenta que tuvo una nítida percepción:

– Noté que el Señor estaba allí cuando fui torturada. Realmente tuve que agradecerle a Él, porque estaba conmigo. Después de aquel día ya no fui torturada. El Señor me protegió.

La entrevista fue hecha a través de un traductor, el sentimiento de Woo queda subestimado. Ella describe largamente los malos tratos, pero sin emoción. Hasta que, cuando habla de la fuga, las lágrimas comienzan a fluir.

Ella volvió al río Yalu, que separa a Corea del Norte de su único aliado, China. Eso después de haber sido liberada. Y también pasó por dificultades en esa travesía.

– Cuando entré al río, la lluvia se transformó en nieve, lo que estorbó la visión de los guardias. Pero por estar en una estación lluviosa había una corriente muy fuerte. En un momento, fui arrastrada por esa corriente y perdí mi consciencia. Pero cuando abrí los ojos, estaba del otro lado del río, ¡en China!

Pero aún había otros desafíos.

– En el límite había una cerca eléctrica muy alta. Entonces oré en aquel momento: “Señor, Tú me trajiste hasta aquí. Si es el momento de que vaya hasta Ti, entonces solo quítame la vida”. Entonces puse mi mano en la cerca.

Y tuve un descubrimiento.

– Después de un tiempo, pensé que estaba muerta, pero fui capaz de abrir mis ojos… noté que no había electricidad.

Las lágrimas comienzan a salir y ella no se contiene.

– La jornada de aquel punto hasta la frontera entre China y Mianmar tampoco fue fácil. Fuimos parados varias veces y en cada una de las veces fuimos llevados a la comisaría. Pero extrañamente, sorprendentemente, no me investigaron ni solicitaron que les mostrara mi identidad.

Entonces, superando todos esos abordajes, cuenta que logró atravesar la frontera de China hacia Mianmar. De Mianmar a Tailandia, recuerda que tuvieron que subirse a un barco, durante cerca de seis horas.

– En ese barco, de repente, noté que nadie me arrestaría, aunque cantara alabando al Señor. ¡Así, durante las seis horas, alabé al Señor con una voz fuerte! Entonces realmente Le agradezco al Señor, porque Él respondió todas mis oraciones, sea una oración en un susurro, o una oración en un grito. ¡Todas mis oraciones fueron respondidas! Mi confesión de fe está en el Salmo 119:71, que dice: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda Tus estatutos”.

Por fin, ella se desahoga, en tono de alivio:

– ¡Ahora soy la persona más feliz del mundo! No tengo nada, pero porque Jesucristo está en mí, estoy tan feliz.

Por Eugenio Goussinsky, de R7

Obispo Macedo
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