No elegimos venir al mundo, pero tenemos el derecho de elegir dónde vivir la eternidad.

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11º Día del Ayuno de Daniel

La relación humana con el Espíritu de Dios es tan sublime y profunda, que las palabras no la pueden expresar. Cada uno tiene que tener su propia experiencia para saber cuán gloriosa es.

¿De qué sirve intentar describir el sabor de una determinada comida sin probarla? ¿No es así?

Sin embargo, es posible tener la tenue idea de esa gloria. Basta evaluar la relación conyugal, en la que mujer y marido, dentro de los parámetros bíblicos, tienen el placer. Placer que firma la alianza del Altar; que estimula la amistad, el compañerismo, y fortalece la unión; que no mancha la conciencia y ayuda a perseverar en la fe.

Es así. El fruto de esa relación hace que los dos sonrían y digan: “¡Ahhhhhh! ¡Qué momento!”

Imagínese la penetración del Espíritu Santo en el cuerpo humano. El placer es indescriptible.

En el Pentecostés, los discípulos quedaron tan felices que hablaban lenguas extrañas. Íntimamente, todos decían: “¡Ahhhhhh! ¡Qué día!”

Lea más:
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Obispo Macedo
Obispo Macedo

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