No elegimos venir al mundo, pero tenemos el derecho de elegir dónde vivir la eternidad.

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Desde que comenzó la guerra civil en Siria, ya murieron cerca de 400 mil personas. Además de eso, se estima que los refugiados ya han superado los 4.5 millones y que aproximadamente el 70% de la población que permanece en el país vive por debajo de la línea de pobreza. La destrucción en Siria alcanza a ciudades como Alepo, Quseir, Homs y Damasco, esta última, la capital.

Esta guerra comenzó en 2011, cuando un grupo de jóvenes expresó sus críticas al gobierno del presidente Bashar al-Asad. Ellos fueron detenidos y torturados, pero eso no resolvió el problema; por lo contrario, los manifestantes se apoderaron de varias ciudades y se expandieron cada vez más. Como respuesta a los movimientos pacíficos, que pedían la renuncia del presidente, las fuerzas de seguridad del gobierno combatían a los manifestantes con represión, causando muertes e intensificando la violencia.

Los conflictos aumentaron cuando los civiles comenzaron a armarse y a combatir a las fuerzas oficiales con la intención de tomar el control de las ciudades y asumir el poder, y hoy lo que se ve es una guerra dentro de otra, con varios factores internos y externos que la influencian.

Ante tamaña tragedia y crímenes contra la humanidad, es imposible que no asociemos lo que está sucediendo en Siria, en especial en la capital, Damasco, con la profecía del libro de Isaías:

He aquí que Damasco dejará de ser ciudad, y será montón de ruinas. Isaías 17:1

Varias ciudades sirias están siendo devastadas, incluyendo parte de Damasco. Sin embargo, no hay cómo saber si la profecía bíblica se refiere al actual escenario o a otra época, cuando Damasco fue conquistada por los asirios, en el año 732 a.C. No obstante, es innegable el espanto que esta guerra causa, sobre todo, cuando vemos las imágenes aéreas de la destrucción de la ciudad de Homs, por ejemplo. En ellas, es posible ver un escenario postapocalíptico, en el cual es muy difícil imaginar que casas, calles y edificios un día estuvieron en pie.

De la misma forma, es muy difícil imaginar que personas que un día fueron tan útiles en las manos del Espíritu de Dios hoy están como esas ruinas. Ellas estuvieron firmes en la presencia del Altísimo, conocieron Sus secretos, pensamientos y voluntades, pero hoy, como una ciudad bombardeada, viven intentando reconstruir la vida porque fueron vencidas en sus guerras espirituales.

La ruina comienza con el enfriamiento en la fe, y de ese enfriamiento surgen las brechas, como los malos ojos, las contiendas y los malos sentimientos, que llevan a la ruptura espiritual completa y a una vida injusta. Sin embargo, es posible volver a levantarse de la destrucción. Para eso, el primer paso es reconocer que nadie logra juntar y reconstruir los propios pedazos. Lo segundo es tener la humildad de volverse a Dios, creyendo que, a pesar de la vida arruinada, el Señor da oportunidades de recomienzo. Es decir, Él posibilita que el caído se levante para que, por medio de la fe, transforme la injusticia que lo destruyó en justicia que honra a Dios.

Jaqueline Corrêa
Colaboró: Jaqueline Corrêa

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